mi música

Algo sobre mi

Algo sobre mi:

En lo que yo soy ahora han influido tanto las circunstancias de mi vida, como las personas que han desfilado por ella.


Entre las personas, los primeros mis padres. Mi padre, que por desgracia ya no vive, es la persona más honrada, justa y responsable que he conocido. Parece un tópico, sobre todo porque ya no esta, pero es la realidad, jamás le vi apartarse de lo que era correcto y repito honrado.

Mi madre, pues parecida a mi padre, una persona íntegra y con infinito espíritu de sacrificio hacia los demás y una sensatez y sensibilidad que hace que sea imprescindible pilar de la familia.

Mis hermanos, cuatro, todos chicos, bueno como es normal tenemos nuestros mas y nuestros menos, pero en general nunca llegó la sangre al río y sé que detrás de mi están todos, los cuatro para recogerme si caigo. Y lo mismo para cada uno, siempre estamos, incluso antes de que se nos llame.

Y una tía que es casi mi segunda madre.

Y después mis amigas, las que conservo desde que tenía 11 meses (si, meses) que fue cuando llegamos al barrio de Madrid, allá por los años... me cuesta decir mi edad, no es que me sienta mayor, pero si digo la edad lo voy a parecer.

Y ya solo quedaría nombrar el resto de personas que he ido conociendo y que casi todas han sido buenas y han dejado una imborrable huella dentro de mi. (las menos buenas también dejaron huella, por desgracia)

Me queda por mencionar a mi propia familia, quiero decir la que creé yo misma junto a mi marido, y se compone, de momento de él y mis dos hijos. Digo de momento porque ellos están ya en edad de empezar a vivir su propia vida,el mayor hace tiempo que la comparte con alguien, aunque todavía vive en casa con nosotros y la pequeña ya tiene también un proyecto (y que pena me da que se hagan tan mayores). Pero todo forma parte de un ciclo, que es el de nuestra existencia.

Y a esto añadiremos lo que tengo propiamente mío, que algo habrá también, aunque soy bastante simple e influenciable, con lo cual me acoplo a casi todas las situaciones y no me ha ido mal de esta manera.

Si habéis aguantado este pequeño tostón y os quedan ganas podéis leer algo de lo que escribo, que es como yo sencillo y simple.

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miércoles, 6 de junio de 2012

Iría y los niños.


Iría y los niños.

Iría estaba muy contenta. Acababa de terminar su carrera universitaria y había encontrado su primer empleo. Lo cual no era muy corriente en la época actual. Se trataba de un puesto de educadora en una escuela infantil. Algunos hubieran pensado que para trabajar en una guardería no había hecho falta tanta carrera, pero ella sabía que en la educación estaba el futuro y sobre todo que los pilares que sostendrán a una persona se generan en la primera edad.
     A pesar de no contar con experiencia laboral alguna, supo que había puesto ella mucho más entusiasmo en la entrevista que su futura jefa. Esta además no se interesó en ofrecerle una imagen atractiva del puesto de trabajo que le ofrecía, tuvo que ser ella la que aportara el deseo y la esperanza de que cristalizara la relación laboral entre ambas.
    Por fin salía de firmar el contrato, y se despedía hasta el día siguiente, en que empezaría a trabajar. Se propuso que todo fuera perfecto, no habría esfuerzo que escatimar por su parte para que su nueva etapa fuera fructífera.
     Se moría de impaciencia y nervios al llamar a la puerta de la escuela en su primer día de trabajo. Saludó a la Directora, y a su compañera, que con ella misma, formaban la plantilla. Eran las 7 de la mañana, en solo media hora empezarían a llegar los primeros niños.
     Pero no fue ella la que salió a recibirlos, a pesar de sus ganas por hacerlo comprendió las explicaciones de su jefa, no los conocía y era mejor que no fuera ella la que les abriera la puerta.
     Le indicaron que fuera a la cocina y allí empezó con los preparativos del desayuno que tomarían a medida que llegaran. Tuvo la impresión de que las cosas no estaban debidamente ordenadas, no solo allí, sino en el gran salón donde los niños debían pasar la mayor parte de su tiempo. Salió de la cocina y lo observó todo, había juguetes casi por todas partes, y la zona que supuso era para comer no le pareció muy cómoda.
     Volvió a la cocina, y preparó, atendiendo a su propio sentido común y a unas breves notas pegadas a las puertas de los armarios superiores, diferentes tipos de desayunos.
     Luego no hubo tiempo de nada, los niños llegaron casi todos en una misma tanda, y se juntaron llantos, toses, y gritos. Sin embargo una vez pasada esta primera hora, echaba de menos el barullo y sobre todo las risas, mirando desde la distancia de la cocina se diría que aquellos niños habían perdido la espontaneidad.
     Llegó el final del día, y como al principio, quiso salir a despedir a los niños y de nuevo la misma excusa, que no los conocía y no era buena idea. Así que los observó desde la distancia y vio que no parecían sentir la marcha, no es que esperara que no quisieran irse, pero no mostrar ni el mínimo cariño en la despedida, le chocó un poco.
     Volvió a la cocina, que parecía iba a ser su sitio natural, ordenó de nuevo lo manchado en la tarde y vació el lavavajillas, que ella misma había puesto con el menaje de la comida y desayunos. Después dispuso en la encimera lo necesario para los desayunos del día siguiente, recordando el desorden encontrado esa misma mañana, y procurando dejar todo, si no listo, al menos bastante adelantado.
     Oyó como se despedía su compañera, y también echó de menos unas palabras con ella, ¿no debía haberle preguntado que tal su primer día?
     Finalmente vio que también la Directora se ponía su abrigo y la venía a buscar para que hiciera ella lo mismo, y poder cerrar. Le preguntó como había pasado ese primer día de trabajo, gracias a Dios, sin embargo apenas escuchó su contestación.
     De camino a casa ordenó todas las impresiones, emociones y sentimientos que había tenido a lo largo de aquella agotadora primera jornada de trabajo.
    Iría era así metódica y pragmática, pero a la vez cariñosa, servicial y preocupada por todos los que la rodeaban. Desde el momento en que conocía a alguien se echaba sobre sus espaladas la responsabilidad de contribuir a su felicidad y bienestar. Pero este sentimiento se veía acrecentado cuando se trataba de niños. Por eso estaba deseando que amaneciera y volver a la guardería para ver a los niños.
    Extrañamente recordaba todos los nombres y era prácticamente capaz de ponerles cara y solo quería ver esas caritas siempre sonriendo, porque no podía imaginar nada más maravilloso que la franqueza y sinceridad de esas boquitas dejando ver unos dientes de juguete.



- Los papás de Jaime quieren verte, y también los de Sara, y los de Paula.
La directora se lo decía con voz autoritaria y seca, pero Iría sabía que no había nada que temer. Habían transcurrido dos meses desde su llegada a la escuela, y el cambio en todos los sentidos era insospechado.
     Los niños reían, y también lloraban, pero con una energía de niños sanos, contentos, con la seguridad de estar atendidos y ser queridos.
     Había cambiado también la disposición de los espacios, ahora se podían distinguir perfectamente tres zonas: la de los juegos, la de las comidas y una tercera para el descanso. Y los niños sabían claramente lo que se esperaba que hicieran en cada una de ellas, y lo que era más sorprendente después de unos días de metódico orden y horarios, todos lo respetaban bastante bien.
    Con ese mismo método y energía impuso su criterio en la cocina, las cosas debían estar el menor tiempo posible fuera de su sitio o sucias, si se recogía todo sobre la marcha y se dejaba listo para el día siguiente, pronto empezaron a ver que el tiempo cundía mas, y con menos esfuerzo. Sin contar con la apariencia siempre agradable a la vista de limpieza y eficacia.
     Así ella podía dedicarse mucho más a lo que realmente le apasionaba, estar con los niños, cuidarles, conocerles, enseñarles, en definitiva a educarles, llevarles a través de juegos y canciones, a descubrir sus habilidades, su carácter, conteniendo a los que necesitaban límites y animando a los que pedían un empujoncito.
    No era extraño que todos quisieran sentarse a su lado, que les diera de comer, que les dijera “sana, sana…” para que mágicamente sus heriditas y golpes se curaran de inmediato. Y ella encantada acudía a sus requerimientos, les saludaba a la entrada “buenos días princesa o súper campeón y ella era la última que les despedía a la salida.
Por ello acudió sin miedo a ver a los papás de aquellos niños que la estaban esperando y escuchó satisfecha su pregunta:
-¿Pero qué les das para que te quieran de esta manera?, Ya podías compartir tu secreto, porque además ¡te hacen caso!


Asun®6 de junio de 2012

miércoles, 11 de abril de 2012

Mi madre (historia de una enfermedad)



Mi madre.
     Cerré un momento los ojos, a la vez que un enorme bostezo abría mi boca. Volví a pensar, como siempre, que algún día patentaría como somnífero la lectura de un buen manual de derecho. Sobre todo si tienes un examen el lunes siguiente, y con cuyo aprobado te juegas un año de carrera.
     Me levanté del escritorio, ya que, o estiraba las piernas y me movía un poco o me dormiría sin remedio, y perdería toda la tarde.
     Fui hacia la cocina, pero al pasar por delante del salón, a través del cristal de sus puertas me pareció ver que mi madre también estaba parada, no cosía.
     Efectivamente, entré y entonces, como quien es sorprendida en una terrible falta, volvió a incorporarse sobre la prenda que tenía entre manos y a hundir en ella su aguja.
- Mamá ¿qué te pasa?, espera te vas a pinchar.
Y tomé sus manos suavemente, interrumpiendo aquella precipitación por continuar con su tarea.
- ¿Estabas cansada? Yo también, me quedaba dormida- dije alegremente aparentando no darme cuenta de su sufrimiento- Anda vamos a tomarnos un descanso las dos y vemos un ratito la tele.
    Así, con mucho cuidado, había que tratarla.
    Desde que el médico nos confirmó, casi al cien por cien, que padecía esa extraña enfermedad, mi madre en vez de aceptarlo, no dejaba de pensar  que  era culpa suya, y que aquellos malditos dolores parecían fruto de su imaginación, como ese invencible cansancio que se le venía encima, igual que una losa al hacer  hasta el más leve de los quehaceres.
      En lugar de aceptar todo eso, sintió  con más fuerza que ya no valía para nada y que si aún no era del todo un ser inútil, se acabaría convirtiendo en ello sin remedio.
     Y no era así, simplemente padecía una enfermedad, que como todas, es injusta.
     Síndrome de Fatiga Crónica, ¿y eso que es?, repetía mi madre muchas veces, y murmuraba entre dientes, “eso no es ni  una enfermedad, ni nada”.
     Una enfermedad, para ella, era una úlcera, una diabetes, hasta un cáncer, todo esto eran enfermedades comunes, que ella conocía y podía aceptar.
     Pero estaba equivocada, sí que es una enfermedad, y además de las más tristes, pues es muy desconocida para el resto de la sociedad. Y con ésos síntomas, el inmenso cansancio, esa debilidad, y el dolor, ese dolor indefinido, de todas las articulaciones, ¿cómo explicar que no puedes levantarte, simplemente porque no tienes fuerza para hacerlo?
- Anda hija, vuelve a estudiar, no pierdas el tiempo aquí conmigo.
- Mamá ya te lo he dicho, me estaba quedando dormida, no te creas tan importante, no estoy viendo la tele por hacerte compañía, además es la hora del concurso, venga a ver si hoy se llevan el premio. ¿Un café?
    Mi madre nunca ha podido resistirse al café de media tarde, así que aprovecho, antes de que se me venga abajo otra vez y voy a la cocina, preparo esos dos buenos, aunque descafeinados cafés, y vuelvo enseguida con la bandeja y mi mejor sonrisa, a sentarme en el sillón, a su lado.
     Y por unos momentos, olvidamos los apuntes de derecho, las enfermedades con nombres raros, y disfrutamos, de una tarde perfecta y sobre todo feliz.

sábado, 31 de marzo de 2012

Un golpe seco

 UN GOLPE SECO

      Un golpe seco, seguido del chirriar de ruedas en el asfalto y una columna de humo. Una escena digna de una película, pero que se me ofrecía delante de mis ojos, tan real como los primeros copos de aquella nieve de algodón blanco que se empezaban a columpiar en su lánguida caída hacia la carretera.
      Estaba paralizada contemplando la escena, sin comprender que las ruedas que arañaron el pavimento eran las mías en ese interminable frenazo para no empotrarme también en la parte trasera del coche que me precedía.
      En mi cabeza la imagen de mi madre tirándome un beso desde la ventana y sus palabras un momento antes en la puerta de casa “adiós, cariño, ten mucho cuidado con el coche”
      Algo me nubla aún más la vista, y no son solo mis lágrimas, todo se tiñe de rojo. Mi sangre. Y un dolor agudo en la cabeza. Y yo contestando “claro, no te preocupes, te llamo luego mami” y salgo corriendo escaleras abajo, hacia mi coche nuevo.
      Me sacudo las lágrimas, la sangre y el miedo, porque en el coche de delante alguien se está moviendo. Unos brazos asoman por el hueco de donde antes estuvo la puerta, y se agitan.
      Tengo que salir,  como puedo me libero del cinturón de seguridad, y de una masa blanca, claro… el airbag, es enorme, jamás me lo habría figurado así.
      Las pelusillas blancas que caen, bailan delante de mí, son preciosas, quiero quedarme viéndolas y jugar con ellas, y ellas tiran de mi y jugando me llevan hasta esa persona del coche delantero. También está cubierta de sangre, pero mueve la boca y no sé lo que dice, creo que es una muchacha como yo, y a su lado un señor, o un joven, pero él no se mueve.
      Noto que las piernas no me sujetan más, la nieve me quema y ya no quiere jugar conmigo. Pero tengo tiempo de decirle a mi “amiga” que todo está bien, y que ya vienen a ayudarnos. Le tomo las manos y me siento en el asfalto a su lado, pero una nube negra empieza a taparlo todo, todo, todo.
…………………
     Estoy muy nerviosa, no sé si cambiarme otra vez de ropa, esta falda es muy seria, y el pelo ¡me ha quedado fatal!, pero tengo unas ganas locas de verlos de nuevo.
Mi madre como siempre llamándome pesada, ¡ya voooy!
     Allí están en la puerta del museo, donde hemos quedado, quizá entremos, o quizá no, veremos si nos apetece o preferimos hablar y contemplarnos largamente. Porque eso es lo que necesitamos, sentirnos juntos de nuevo.
     Nuestras caras lo dicen todo, las sonrisas que se han dibujado son el reflejo de la felicidad de volver a vernos, todos nos sentimos bien, yo les miro atentamente y compruebo que es cierto, a María no le quedan apenas señales en su cara, y para demostrarme sus progresos desde que me ha visto está agitando los brazos a lo tonto, sobre todo el derecho, el más afectado y que ha requerido varias reconstrucciones quirúrgicas.
     Pablo, me demuestra como baila en su silla de ruedas, y parece haber desaparecido la sombra que nublaba sus ojos, en los días de hospital.
     Yo a mi vez me retiro la melena y el flequillo que camufla la honda herida de mi frente, de la que apenas queda más que un recuerdo mezclado con copos de nieve.
     Y decidimos entrar al museo.


Asun 31 de marzo de 2012

miércoles, 25 de enero de 2012

Un hotel muy especial

Un hotel muy especial.

“Queridos compañeros:

Os escribo una carta, ¿Qué antigua no? Debo explicaros que mi estancia aquí se va a prolongar algo más de lo esperado. Y como inicialmente estaba pensada para un par de días, no me traje nada más que lo imprescindible, un poco de ropa y tampoco mucha, ya que aquí pasas la mayor parte del tiempo en bata, entre baños, y sesiones de ejercicios.
Así que cogí una bolsa de viaje pequeña y no incluí mi portátil.

Además como sabía que iba a estar tan ocupada, no pensé tener tiempo, ni (perdón) ganas para ponerme delante de la pantalla. Ya que todos me recomendasteis que me olvidara de todo y me relajara lo máximo.

Sin embargo esos dos días se pueden convertir en una estancia sin fecha de salida, ya veis, se rifaba un premio y me ha tocado a mí. Y no tengo ninguna queja, todos están pendientes de que descanse, de que coma, que si vamos a andar un poquito, que unos ejercicios, que al baño… demasiado insistentes a veces, que acabo molida, y me metería en la cama y no saldría en varios días.

Tengo que daros las gracias a todos por vuestra paciencia y colaboración en el trabajo, soy consciente de que mi falta se traduce en un poquito más de tarea para cada uno de vosotros, sobre todo de vosotros tres, mi equipo, del que estoy muy orgullosa de formar parte. No me vayáis a olvidar, ni mucho menos pensar en sustituirme, sabéis que estoy aquí porque no podía rechazar la oferta y todos me habéis animado, pensando (egoístas) que volvería muy descansada y llena de vitalidad, vamos con fuerza para hacerme cargo de todo y devolveros la tranquilidad que ahora no tenéis.
Y podéis creerme si os digo que cambiaria con los ojos cerrados, tanta atención y cuidados por estar al pie del cañón con vosotros, luchando en esas interminables jornadas y comiendo esas raciones rápidas en el bar de Amador, mientras, apresuradamente, resolvíamos los problemas del mundo o virtualmente poníamos en marcha cualquier negocio con grandes perspectivas de éxito.

Aquí es todo el mundo muy agradable, no piensan más que en hacerte la estancia lo mas cómoda posible, rayando en el agobio y la pesadez, algunas veces. Los horarios, son los horarios, bueno lo que ya os he comentado, no lo voy a repetir.

Sin embargo estoy conociendo gente muy interesante, de todo tipo, se ve que es verdad que “estos hoteles” están muy solicitados, no hay más que recordar la lista de espera que tienen siempre.
Así cuando regrese tendré que programar varias visitas, correspondiendo a invitaciones que amablemente me están haciendo, y que independientemente de los grandes lazos de amistad que estoy trabando, pueden resultar muy interesantes, pues me llevarán por toda la geografía de España, ya que la fama de estas instalaciones y de su personal atrae a gente de cualquier punto.
De cualquier punto, y de cualquier condición, desde los más humildes (entre los que me cuento) y otros de muy distinta categoría. Pero todos interesantes e iguales de importantes en su calidad humana. Por ejemplo cuento ya con la amistad de un bombero y sus hijas, dos preciosidades jóvenes y ocurrentes, siempre con ganas de reír y rebosando vida, vida que de alguna manera nos regalan con su presencia. Y sobre todo he conocido un fantástico médico, que además debe ser un fuera de serie en su campo, ya que viaja por todo el mundo de quirófano en quirófano y ofreciendo sus aportaciones en conferencias. Y a mí me tiene un especial cariño, y me trata con muchísimo cuidado, entre algodones me tiene.

Por cierto, os dejo, que viene este que os digo, el eminente médico. Parece que está todo preparado. A esta fiesta que me llevan ahora, no me hace mucha gracia acudir, sé que mañana no me acordaré de nada y estaré en condiciones lamentables.

Un beso a todos y espero veros muy pronto.”


- Vamos, vamos, que todo va a salir bien, seguro que esta intervención va a ser la última. Anímate y piensa que en poco tiempo, por fin podrás abandonar el hospital. Ahora vas a contar despacito desde 100 hacia atrás, mientras notas una ligera somnolencia.

- Cien, noventa y nueve, noventa y ocho, noven…

jueves, 15 de diciembre de 2011

la bufanda

La bufanda

De repente se había acordado de aquella bufanda que le regaló su abuela, en las últimas navidades. En su momento dijo que le encantaba, pero nunca la estrenó, bueno según parece le había gustado tanto, tanto, que no quería estropearla, “curiosamente” disfrutaba mas viéndola en aquél cajón de su armario.
Y Raquel, ese día sintiéndose de ese modo más cerca de ella decidió ponérsela, la echaba tanto de menos, se repetía lo de la ley de vida y todo eso, que son cosas que inevitablemente llegan, que los abuelos nos tienen que faltar algún día, pero era duro.
Nunca fue consciente de lo cerca que estaba de ella hasta que le faltó, así de repente, por ejemplo cuando llegaba el domingo y no la oía refunfuñar que “en esta casa cada día se come más tarde, y cada uno entra y sale sin orden ni concierto”, refiriéndose claro está a ella y sus hermanos, que se habían echo mayores y verdaderamente respetaban poco los horarios.
Y se colocó la bufanda, que para su sorpresa combinaba perfectamente con su tez clara, y hasta le hacía la miel de sus ojos más dulce todavía.
Como siempre (¡qué razón, tenía su abuela!), iba tarde, así que corrió para no perder el metro, y no lo perdió, pero si perdió la bufanda, que se le escurrió justo en el momento de entrar de refilón antes de que se cerraran las puertas tras de sí.
Quiso gritar, ¿por qué le tenía que pasar esto?, se sintió perdida, desamparada, otra vez el vacío, el mismo vacío de la ausencia de su abuela, personificada de nuevo en la pérdida de su bufanda.
Llegó al trabajo desolada, además se dio cuenta de que tampoco había coincidido como todos los días con su compañero Julio, y empezó a sentir que todo le salía mal ese día, y la pesadumbre se hizo más grande todavía.
Se sentó en su despacho, comenzó con las rutinas diarias, encender el ordenador, abrir un poquito la ventana, vaciar los restos de agua de la botella que usaba para beber a lo largo de la mañana, mirar la agenda para ver como tenía la mañana, ver si había llamadas pendientes de contestar…
Entonces precedido de unos suaves golpes en la puerta entró Julio, y vio como ella seguía accionando el contestador del teléfono, con una sombra en sus ojos que desfiguraba su habitualmente serena expresión. Y se preocupó, porque Julio hacía mucho que sabía que su vida estaba ya inevitablemente unida a la de ella, que ya nunca estaría contento si ella no lo estaba, que le dolían todos los dolores que ella tuviera, que necesitaba saber en cada momento que ella respiraba, para poder respirar también, y que nunca, ni en la distancia estaría separado de ella.
Y Raquel levantó por fin la vista y le miró, y le vio preocupado y, sin saber que era ella el motivo de esa preocupación, olvidó su propia angustia, porque comprendió de pronto que lo único que le importaba más que su propia vida era él, que no podía seguir adelante sin saber que él estaba bien, que necesitaba saber que él respiraba para poder respirar ella también.
Y entonces él dijo:
- Te vi en el metro justo cuando entrabas y a mí no me dio tiempo a cogerlo, pero por suerte si cogí tu bufanda.
Y efectivamente llevaba la bufanda de ella en las manos y la iba a dejar encima de la mesa, cuando ella con una sonrisa de las que serían capaces de iluminar varios universos se levantó e hizo ademán de cogerla, pero lo que cogió fueron las manos de él y musitó un “Muchas gracias”, palabras que unidas al gesto fueron la llave que abrió para siempre la puerta de su futuro juntos.


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Asun, 14 de diciembre de 2011