mi música

Algo sobre mi

Algo sobre mi:

En lo que yo soy ahora han influido tanto las circunstancias de mi vida, como las personas que han desfilado por ella.


Entre las personas, los primeros mis padres. Mi padre, que por desgracia ya no vive, es la persona más honrada, justa y responsable que he conocido. Parece un tópico, sobre todo porque ya no esta, pero es la realidad, jamás le vi apartarse de lo que era correcto y repito honrado.

Mi madre, pues parecida a mi padre, una persona íntegra y con infinito espíritu de sacrificio hacia los demás y una sensatez y sensibilidad que hace que sea imprescindible pilar de la familia.

Mis hermanos, cuatro, todos chicos, bueno como es normal tenemos nuestros mas y nuestros menos, pero en general nunca llegó la sangre al río y sé que detrás de mi están todos, los cuatro para recogerme si caigo. Y lo mismo para cada uno, siempre estamos, incluso antes de que se nos llame.

Y una tía que es casi mi segunda madre.

Y después mis amigas, las que conservo desde que tenía 11 meses (si, meses) que fue cuando llegamos al barrio de Madrid, allá por los años... me cuesta decir mi edad, no es que me sienta mayor, pero si digo la edad lo voy a parecer.

Y ya solo quedaría nombrar el resto de personas que he ido conociendo y que casi todas han sido buenas y han dejado una imborrable huella dentro de mi. (las menos buenas también dejaron huella, por desgracia)

Me queda por mencionar a mi propia familia, quiero decir la que creé yo misma junto a mi marido, y se compone, de momento de él y mis dos hijos. Digo de momento porque ellos están ya en edad de empezar a vivir su propia vida,el mayor hace tiempo que la comparte con alguien, aunque todavía vive en casa con nosotros y la pequeña ya tiene también un proyecto (y que pena me da que se hagan tan mayores). Pero todo forma parte de un ciclo, que es el de nuestra existencia.

Y a esto añadiremos lo que tengo propiamente mío, que algo habrá también, aunque soy bastante simple e influenciable, con lo cual me acoplo a casi todas las situaciones y no me ha ido mal de esta manera.

Si habéis aguantado este pequeño tostón y os quedan ganas podéis leer algo de lo que escribo, que es como yo sencillo y simple.

Me habéis visitado todas esta veces...

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domingo, 20 de octubre de 2013

Una visita obligada

Aún no sabía como podía estar allí, subiendo en esa “fregoneta” junto al Richard y dirigiéndome a casa de Don Francisco.
    A casa de D. Francisco “el plantao”, quién sabe cómo sería esa casa, ya me imaginaba yo entrando en la peor de las chabolas, o “chabolos” y a saber en qué perdido poblado marginal.
     Pero cómo negarme a la invitación hecha con el corazón y con tanta y tanta insistencia, además había dado mi palabra, y dar la palabra era para él y para mí, lo más sagrado.
    Así saludé al Richard, que me ofreció respetuosamente la mano, en una ceremonia digna de los besamanos que se llevan a cabo en los salones del Palacio Real en cualquier recepción de sus majestades. Y me instalé en el asiento de al lado del conductor de la camioneta, oyendo la retahíla de disculpas de mi acompañante por lo desordenada y sucia  que estaba: zeñoriiita enferma (así me llamaban todos ellos), dizculpe ezte desorden, ya zabe como noz dedicamo tós a la chatarra…
     Y todo dicho con aquél acento gitano de lo más genuino que a mí me hacía tanta gracia en el hospital.
     En el hospital…, entonces empecé a recordar aquellos días amargos, que reconozco sin ningún pudor, lo fueron menos gracias a estos compañeros de fatigas. Lo primero que me había llamado la atención era lo morenos que eran, igual que yo se la llamaba a ellos por lo blanquita, aunque yo tenía serias sospechas de que no todo era genética en ello, sino que algo intervenía el (no) uso del agua y el jabón.
     Por fin llegamos. ¿Pero que era aquello?, todo el poblado, pero todo había salido a recibirme, no solo la familia de Don Francisco, aunque creo que todos de una manera u otra eran allí familia.

Dos gitanas o dos sevillanas. Sorolla


     Una vez pasado el soponcio de la bienvenida, todo fue sobre ruedas, porque dejé de mirar a mi alrededor objetivamente y abrí los ojos a esa realidad paralela, la de aquel otro mundo sucio, destartalado, sin orden ninguno en el trazado de sus amontonadas cajas y plásticos, que eran en realidad viviendas, donde a veces convivían familias de más de 10 miembros. Y en medio de todo ello y más regularmente de lo que parecía a primera vista había unas ristras interminables de ropa tendida secándose al sol e impecablemente limpia.
     Y luego estaban los olores, a veces rancios o excesivamente fuertes, pero con predominio en esta ocasión a barbacoa, a asado. Olor que además aumentaba según nos acercábamos a nuestro destino, el reino de D. Francisco.
Escena valenciana. 1893 Sorolla

     Atravesamos unas cuantas cuerdas de ropa y varias hileras de diversos muebles y complementos de baño, es decir un par de filas de bañera desconchadas, retretes más o menos lustrosos y lavabos de varios modelos, algunos para mi asombro del mejor diseño y en perfecto estado para instalarse en cualquier casa de “mi mundo”.
    Y llegamos a un patio rodeado por un lateral de dos o tres caravanas y por otro de una especie de barranco donde había tres montañitas de todo tipo de escombros y materiales, que en realidad me presentaron como “er armasen” (el almacén) o sea donde acumulaban lo que iban encontrando y más tarde le darían salida en sus negocios o trapicheos. Y por fin, al fondo estaba la casa, la mansión, er FarconCré, (en alusión a la serie americana de los 80).
     Esta mansión por fuera era una superposición más de cartones, plásticos y maderas que pretendían formar paredes y techos. Pero esto era solo fachada, porque por dentro descubrí un verdadero palacio, donde además, si que había paredes de ladrillo, aunque por fuera no lo pareciera. Y de  la decoración decir recargada era poco, allí había estatuas, al parecer de mármol, todo tipo de figuras doradas, cuadros, vajillas. Ná cuatro cozillas y to malo, to malo, me decía Don Francisco, antojos de mi señora.
     Después de conocer la casa y oír por activa y por pasiva que era mía y para lo que quisiera, nos sentamos en una enorme mesa preparada para la ocasión. Alrededor de ella cabíamos convenientemente sentados todos, y todos éramos muchos, pero muchos.
     Y comimos y bebimos, sobre todo yo, que además no estoy acostumbrada. Así pues me puse hasta arriba, o hasta el fondo y prové todo lo que me ofrecían, sin tener que hacer mucho esfuerzo, por cierto, pues estaba exquisito. Me llamaron la atención también las frutas, sirvieron unas bandejas enormes con una variada selección de ellas, nacionales y de todo el mundo y de una calidad poco corriente. “Ná, ná, que menos pa la zeñorita enferma, pa que acabe de recoger laz fuerzas que perdió nel lospitá con mi Manuela”.
     Allí los había conocido, en el hospital, cuando compartí habitación con Manuela. Manuela era una mujer mayor, pero no tanto por la edad, sino por la vida que le había tocado llevar. Había parido once veces, todas en su casa y apenas en un par de días estaba trabajando por los mercadillos y tirando de su prole. Hasta que la conocí porque padecía de la “visícula” y tuvo que ser operada.
    Al principio su llegada a la cama de al lado fue un caos, porque llegó ella y su supergrande familia, sus gritos, sus olores, su barro en las zapatillas, palmeos y cantos, todo junto. Alguna enfermera sugirió cambiarme de habitación ante semejante situación. Y yo me negué en rotundo, ya que no veía tantos inconvenientes sino una enorme familia unida y un derroche de cariño y humanidad. De este modo gané su agradecimiento eterno y su respeto y lo más importante su amor sincero e  incondicional.

El baile, 1914/15, Sorolla
 Nuestra velada acabó con una sesión de baile y canto, todo sentimiento y ternura, que me fascinó, aquí bailaban todos, mayores, niños, hasta los bebés con ese ritmo en el cuerpo y en las manos. Y las voces, unas limpias, otras rotas, todas hondas, llenas, que me hicieron sentir y estremecer hasta las lágrimas. Y las guitarras, que cobraban vida propia.
Y todo en medio de la oscuridad que había llegado como puntual invitada para sellar mi visita.
    Así ya muy entrada la madrugada el Richard me devolvió a mi casa, a mi mundo, mi descolorido, triste, silencioso y sobre todo vacío de afectos, mundo.

     De nuevo repetimos la ceremonia del besamanos, como al encontrarnos unas horas antes y me dijo solamente “hasta siempre zeñorita enferma” y me dejó allí, en medio de mi acera, mas sola y desamparada  de lo que nunca pensé que podría sentirme. Y con el corazón mas lleno de lo que jamás pensé me podría caber.




Asun ©4 de noviembre de 2011