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Algo sobre mi

Algo sobre mi:

En lo que yo soy ahora han influido tanto las circunstancias de mi vida, como las personas que han desfilado por ella.


Entre las personas, los primeros mis padres. Mi padre, que por desgracia ya no vive, es la persona más honrada, justa y responsable que he conocido. Parece un tópico, sobre todo porque ya no esta, pero es la realidad, jamás le vi apartarse de lo que era correcto y repito honrado.

Mi madre, pues parecida a mi padre, una persona íntegra y con infinito espíritu de sacrificio hacia los demás y una sensatez y sensibilidad que hace que sea imprescindible pilar de la familia.

Mis hermanos, cuatro, todos chicos, bueno como es normal tenemos nuestros mas y nuestros menos, pero en general nunca llegó la sangre al río y sé que detrás de mi están todos, los cuatro para recogerme si caigo. Y lo mismo para cada uno, siempre estamos, incluso antes de que se nos llame.

Y una tía que es casi mi segunda madre.

Y después mis amigas, las que conservo desde que tenía 11 meses (si, meses) que fue cuando llegamos al barrio de Madrid, allá por los años... me cuesta decir mi edad, no es que me sienta mayor, pero si digo la edad lo voy a parecer.

Y ya solo quedaría nombrar el resto de personas que he ido conociendo y que casi todas han sido buenas y han dejado una imborrable huella dentro de mi. (las menos buenas también dejaron huella, por desgracia)

Me queda por mencionar a mi propia familia, quiero decir la que creé yo misma junto a mi marido, y se compone, de momento de él y mis dos hijos. Digo de momento porque ellos están ya en edad de empezar a vivir su propia vida,el mayor hace tiempo que la comparte con alguien, aunque todavía vive en casa con nosotros y la pequeña ya tiene también un proyecto (y que pena me da que se hagan tan mayores). Pero todo forma parte de un ciclo, que es el de nuestra existencia.

Y a esto añadiremos lo que tengo propiamente mío, que algo habrá también, aunque soy bastante simple e influenciable, con lo cual me acoplo a casi todas las situaciones y no me ha ido mal de esta manera.

Si habéis aguantado este pequeño tostón y os quedan ganas podéis leer algo de lo que escribo, que es como yo sencillo y simple.

Me habéis visitado todas esta veces...

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lunes, 15 de octubre de 2012

Historia de un nacimiento


Amelia se terminaba de vestir deprisa, no quería llegar tarde, pero los nervios la traicionaban y no terminaba de subirse las medias, que no quedaban  bien estiradas.
Miró la falda, um, estaba un poquito arrugada, pero se la pondría. Por fin fue al cuarto de baño y dio un rápido cepillado a su pelo, ay, las canas más rebeldes seguían allí.
                                                                                          
     Bueno un bebé recién nacido no creo que las distinga, pensó, con una sonrisa en los labios.

     Y corrió al salón, donde la esperaba su marido, en apariencia tranquilo, pero tan inquieto como ella, bastaba verle de pie, mirando por la ventana y suspirando cuando   por fin oyó sus pasos en el pasillo.

     Desde que su hija les anunciara que estaba embarazada, todo se había vuelto del revés. Su hija salía con un muchacho, pero nunca lo había traído a casa y no creyeron que fuera tan seria su relación. Y de hecho no lo era. El supuesto papá de la criatura había desaparecido como por arte de magia.

    Siguieron unos días espantosos, Silvia dejó de comer y de hablar, y ellos no dejaban de gritarse entre sí, hasta que fueron capaces de olvidarse de sus propios sentimientos y vieron a su hija, o en lo que se estaba convirtiendo, era apenas un reflejo de la joven de una semana antes.

     Una sombra violácea surcaba su cara debajo de los ojos, siempre llenos de luz y ahora apagados y enrojecidos. Su expresión era tan triste, que Amelia se acercó a ella y la rodeó con sus brazos, haciendo un esfuerzo vano por contener las lágrimas, hasta que dejó de intentarlo y lloró, junto con su hija, con rabia y vergüenza.

     Rabia y vergüenza no de verla así embarazada y sola, sino vergüenza de ella, y de su marido por no haber sabido reaccionar.

     Su marido la miraba de pie en medio del salón, estaba como ella, avergonzado y deseando unirse a ese abrazo y ese llanto. Hasta que así lo hizo.

     No saben cuánto tiempo estuvieron así. Pero cuando se separaron, Amelia se secó los ojos y la cara, e hizo lo mismo con su marido y su hija. Respiró y les hizo respirar a ellos, y luego tomó la palabra.

Lo primero que habló fue para pedir perdón a su hija, su padre asentía en silencio.
    Luego pasó a explicar lo que iban a hacer, que no era otra cosa que apoyar a su hija en ese nuevo rumbo que la vida le había trazado, asegurando que si  ella era su mayor tesoro, ese corazoncito que había comenzado a latir en su interior lo sería aún más.

     Silvia volvió a comer y a reír, y a ser la joven más bonita del mundo. Y muy pronto la mas gordita también.
      Los meses pasaban sin sentir, y jamás habían vuelto a albergar dudas.

      Entraron por fin en la maternidad, como en casi todos los hospitales, hacía calor, pero no lo notaron, buscaron el ascensor y pulsaron el tres.

     Al salir vieron ante sí un pasillo lleno de ramos y centros de flores, que para no viciar el aire de las habitaciones, adornaban sus puertas de entrada. Y Amelia pensó que debería haber comprado el mejor y más grande ramo para su hija, y con ese gesto un poco serio y compungido entraba en la habitación 3012, la de su niña.

      Silvia vio la cara de su madre, y se preocupó de inmediato, ¿Qué pasaba?
     Pero en cuanto se acercaron y vieron a esa personita que dormía a su lado en el pequeño cuco, sus caras cambiaron.
     Su madre y su padre dibujaron una expresión nueva, porque nuevo era el sentimiento que la provocaba.

     Era amor, era orgullo, era alegría, era cariño, era ternura, era curiosidad, era impaciencia, era un impulso incontenible de abrazar a ese cuerpecito y comérselo a besos, de cantarle y arrullarle y no soltarle nunca la mano, de estar siempre a su lado y atentos a su camino, no dejarle caer y levantarle cuando cayera, arroparle en sus noches de frío y acompañarle en los momentos importantes de su vida.

     Y era miedo, era preocupación, era dolor por el dolor que pudiera sentir, e inquietud por su futuro, por los sinsabores que la vida le reservara, por las lecciones por aprender, y la certeza de que tendría que sufrir, porque el sufrimiento, como la felicidad son las dos caras de nuestra existencia.

      Silvia lloraba sin saberlo, emocionada de ver como su madre tomaba en brazos a su niño, ese pedacito de ella misma, y se lo entregaba a su padre que también dejaba caer por sus mejillas un par de lagrimitas.

     Jamás olvidaría Silvia aquella imagen, era el día más feliz de su vida, y no podía dejar de llorar, mientras su boca hacía lo contrario, estirarse en la más alegre de las sonrisas.

     Y de pronto el momento mágico se rompió con otro llanto, pero este fuerte, enérgico, lleno de exigencia, recordando que él, el protagonista no estaba para tantos miramientos sublimes y quería simplemente que le ¡¡¡¡dieran de comer!!!!


Asun© 15 de octubre de 2012