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Algo sobre mi

Algo sobre mi:

En lo que yo soy ahora han influido tanto las circunstancias de mi vida, como las personas que han desfilado por ella.


Entre las personas, los primeros mis padres. Mi padre, que por desgracia ya no vive, es la persona más honrada, justa y responsable que he conocido. Parece un tópico, sobre todo porque ya no esta, pero es la realidad, jamás le vi apartarse de lo que era correcto y repito honrado.

Mi madre, pues parecida a mi padre, una persona íntegra y con infinito espíritu de sacrificio hacia los demás y una sensatez y sensibilidad que hace que sea imprescindible pilar de la familia.

Mis hermanos, cuatro, todos chicos, bueno como es normal tenemos nuestros mas y nuestros menos, pero en general nunca llegó la sangre al río y sé que detrás de mi están todos, los cuatro para recogerme si caigo. Y lo mismo para cada uno, siempre estamos, incluso antes de que se nos llame.

Y una tía que es casi mi segunda madre.

Y después mis amigas, las que conservo desde que tenía 11 meses (si, meses) que fue cuando llegamos al barrio de Madrid, allá por los años... me cuesta decir mi edad, no es que me sienta mayor, pero si digo la edad lo voy a parecer.

Y ya solo quedaría nombrar el resto de personas que he ido conociendo y que casi todas han sido buenas y han dejado una imborrable huella dentro de mi. (las menos buenas también dejaron huella, por desgracia)

Me queda por mencionar a mi propia familia, quiero decir la que creé yo misma junto a mi marido, y se compone, de momento de él y mis dos hijos. Digo de momento porque ellos están ya en edad de empezar a vivir su propia vida,el mayor hace tiempo que la comparte con alguien, aunque todavía vive en casa con nosotros y la pequeña ya tiene también un proyecto (y que pena me da que se hagan tan mayores). Pero todo forma parte de un ciclo, que es el de nuestra existencia.

Y a esto añadiremos lo que tengo propiamente mío, que algo habrá también, aunque soy bastante simple e influenciable, con lo cual me acoplo a casi todas las situaciones y no me ha ido mal de esta manera.

Si habéis aguantado este pequeño tostón y os quedan ganas podéis leer algo de lo que escribo, que es como yo sencillo y simple.

Me habéis visitado todas esta veces...

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lunes, 20 de mayo de 2013

El día en que el cacao lo inundó todo. (Los cuentos del pan II)


     Ese día no había amanecido como todos, llovía sin descanso, como si se fuera urgente  vaciar el cielo, por peligro de inundación en el paraíso. Pero esto a Nieves no le hacía arrugar el gesto, ya que significaba que seguramente esa tarde, tendría la visita de Nerea en su panadería. Y últimamente las visitas de Nerea no se reducían a ella sola, ahora venía con algunos amiguitos de su cole. Desde que le contó el cuento de su propio nombre, lo había tenido que repetir en muchas ocasiones, al principio para la propia Nerea, y ahora se podía decir que contaba con un público de pequeños habituales.
     Esto le había hecho acondicionar un poquito mejor el rincón de su tienda que dedicaba a estas meriendas. Había comprado algunos tazones más, siguiendo el gusto de los pequeños,  observando cuál elegían siempre. Y también procuraba tener los bollitos que más elogios obtenían. Todo ello teniendo en cuenta que fueran lo más sanos posibles, hasta el punto de que en su mini horno de pastelería hacía siempre para la ocasión algún bizcocho, que rellenaba de chocolate, o que horneaba con frutas, para que las mamás no fueran a quejarse de nada.
     Y lo cierto es que estas pequeñas inversiones estaban recompensadas con creces, porque las mamás pagaban encantadas las meriendas de sus hijos, y porque ella había dado un nuevo sentido a su panadería. Principalmente porque disfrutar de la compañía de los niños era un regalo, sobre todo para ella que no había tenido hijos en su corto matrimonio. Y además había notado un incremento de clientes, ya que se había formado una cadena de propaganda “boca a boca” y ahora era mucho más conocida en el barrio y cada vez más, fuera de él.
     A las cinco y cuarto de la tarde, la tranquilidad se rompió como el cielo con los relámpagos y truenos de la tormenta. Un torbellino de paraguas, mochilas con ruedas, y atropellados empujones, hicieron su entrada en la panadería. Todos ellos, paraguas, mochilas, empujones y gritos pertenecían a cinco niños: Nerea y cuatro de sus inseparables amiguitos.
     Detrás con algunos minutos de retraso, cuatro mamás y un papi, que entran también entre paraguas y resoplidos. Con todos ellos la panadería está abarrotada. Apenas queda sitio para moverse, y hacerse entender es también complicado.

- Nieves, querida, perdona, no hemos podido hacer nada, los niños se han empeñado en venir. Y han echado a correr y aquí estamos.
- No pasa nada, ya sabéis que me encanta verlos. Y el día está malísimo, así que si queréis me los quedo un poco.

     Padres y madres la miraron con esa expresión entre alegría, apuro, y sobre todo admiración. Todos pensaban que quedarse con su retoño era ya un castigo, pero quedarse con el suyo y  los demás, eso ya la subía a categoría de santa o masoquista.
     Pero se los dejaron, y ella rápidamente en cuanto el grupo de progenitores desapareció, vio como los niños se calmaban y ordenadamente ocuparon sus sitios alrededor de la mesa del rincón. Incluso antes de sentarse, ayudaron a poner las tazas y elogiaron el bizcocho. Todo porque querían cuánto antes empezar a disfrutar de otra de sus historias. Historia que  mientras recogía el cacao derramado en la mesa, empezó a fraguar en su mente. Y cuando todos habían acabado su merienda, empezó su relato:

“Habían pasado cuatro años desde que nació Nieves, la niña de Juan y Manuela. Aunque  ya iba al colegio,  había llegado el verano y con él las vacaciones.
Esa mañana  estaba desayunando en la cocina, y su madre había guardado ya el bote del cacao. Pero a la niña le gustaba mucho, y siempre quería comérselo a cucharadas, aunque luego le daba la tos y casi se ahogaba.
Así que en cuanto su madre  salió un momento se subió a un taburete y cogió el bote, lo abrió y sin esperar a bajarse, quiso coger una cucharada, no fuera a ser que su madre volviese y la sorprendiera.
-¡Nieves!
Manuela acababa de entrar, y Nieves tenía la boca llena de cacao. Como era de esperar por el susto, empezó a toser, y a tambalearse en su taburete. Su madre entonces también se asustó y corrió hacia ella para sujetarla. Y en medio de todo ese barullo el bote de cacao salió  volando por los aires.
Voló el bote y voló el cacao. En un segundo toda la cocina estaba cubierta por una capa de color marrón.
Ellas no se dieron cuenta de nada hasta que Nieves se había bajado de su sillita y se encontraba segura de pie en el suelo. Pero entonces las dos miraron a su alrededor y se quedaron paralizadas, sus bocas abiertas. La boca de Manuela fue torciéndose a hacia abajo, cada vez más, hasta parecer completamente enfadada. La boca de Nieves fue torciéndose hacia arriba, en una inmensa sonrisa, estaba completamente entusiasmada, no era para menos, toda su cocina parecía un pastel con cobertura de chocolate en polvo…”

En este punto su auditorio infantil, encabezado por Nerea comenzó a aplaudir. La visualización en sus cabecitas de sus propias cocinas, las de sus casas, totalmente cubiertas de cacao en polvo, estaba claro que los hacía inmensamente felices.


La Lechera (De Melkmeid)-Johannes Vermeer, h. 1660-1661-Óleo sobre lienzo • Barroco
44,5 cm × 41 cm-Rijksmuseum, Ámsterdam,  Países Bajos






Asun©20 de mayo de 2013